CUIDAR DE LOS DEMÁS

bingo

Hay personas que nacen para cuidar a otras. Esto me lo dijeron alguna vez, hace tiempo, pero me pareció una afirmación exagerada. A quien primero cuidas es a ti mismo/a (con la única excepción de las que acaban de ser madres y durante cierto tiempo su mundo se reduce a su bebé) y después vienen los demás. Y no creo que eso sea egoísmo sino el normal y natural instinto de conservación de los humanos.

Pero la primera afirmación del párrafo anterior adquirió absoluta validez y proporcionó ejemplos a mansalva cuando conocimos a Berta. Berta era la chica que nuestro sobrino Manu había elegido para compartir su vida, para formar una familia, para apoyarse mutuamente en los tiempos difíciles, y todas esas sandeces que se dicen justo antes de la boda y que siempre suenan a justificación. Y sí, por lo visto aquí se necesitaba una justificación y bien gorda porque esta unión era, a los ojos de todos y como suele decirse, juntar el hambre con las ganas de comer. Pero este ya es tema para otra historia.

Berta era una monja. No quiero decir con esto que hubiera tomado los hábitos y que viviera en un convento, nada de eso. Pero era como si. Podían estar haciendo 32ºC y ella llevaba la blusa o la camiseta abotonadas hasta el cuello. Si vestía falda, le llegaba hasta mitad de las pantorrillas, y si pantalón lo escogía dos tallas más grandes de lo necesario para que no le ajustasen y pusiesen en evidencia el culo. Solo vestía en tres colores: azul marino, gris o marrón. Jamás una raya, jamás una flor, jamás un plisado o un encaje: en cierto modo, es verdad que llevaba hábito.

Además de esto, en cuanto detectaba, en la familia o donde fuera, una persona mayor, le cambiaba el semblante, sus ademanes se dulcificaban y costaba trabajo impedir que se acercase a esa persona a preguntarle si necesitaba algo. Ella no pensaba que podía ser inoportuna ni que era probable que nadie desease su solicitud: era su deber cuidar de esa persona, al menos mientras estuviera cerca de ella.

Quisieron las vueltas de la vida que al tiempo de casarse ella y Manu, y cuando su primer y único vástago Manolito ya iba al parvulario, la hermana mayor de Berta, que tenía a la madre de ambas viviendo con ella, se trasladase a Alemania por motivos de trabajo de su marido. Desde luego la señora Fina no tenía ninguna intención de emigrar a aquellas extrañas tierras donde no conocía a nadie y cuyo idioma siempre le había parecido un trabalenguas insoportable. Más rápida que un rayo, Berta dictaminó que la señora Fina tenía que ir a vivir con ellos, es decir con ella misma, con Manu y con Manolito.

Muchas de las personas que tengan oportunidad de leer esto pensarán: “¡Pues claro! ¡Faltaría más! Si una hija se marchaba, lo lógico era que la señora fuese a vivir con la otra…” La señora Fina ya estaba lejos de ser joven, era muy pesada y por lo tanto difícil de manejar y tenía un problema de tensión arterial alta, por lo que era impensable que viviese sola. Nadie puso pegas a la decisión de Berta y el mismo día en que la otra familia partió para Alemania ella se trasladó a la casa de su hija pequeña.

A la señora Fina le gustó mucho más la casa de Berta que aquella en la que había vivido hasta entonces; además le gustó mucho más el barrio que, apoyada en su bastón y del brazo de Berta (esto último solo los sábados y domingos porque el resto de la semana su hija trabajaba en una empresa de servicios informáticos) salía a recorrer las calles en busca de quién sabe qué porque nunca se metía en una tienda a comprar nada.

Hasta que una tarde lo encontró: el bingo local. La hermana se había cuidado muy mucho de informar a Berta sobre el único vicio de la señora Fina, en el que había meses en que se dejaba casi toda la pensión. Pero después del desconcierto de los primeros días la buena señora descubrió solita el bingo del barrio y tomó nota mental de su ubicación, a unas seis calles de donde vivía ahora.

Y el viernes siguiente, al atardecer, se vistió con sus mejores galas, incluso se maquilló un poco y se dio agua de colonia, y anunció que salía a dar una vuelta sola, que ya conocía las calles y que volvería para cenar. Berta, al borde del soponcio, quiso evitar de todas las formas posibles tamaña aventura:

¿Y si te caes por la calle? ¿Y si te sube la presión y te mareas? ¿Y si no sabes volver y te pierdes?

La señora Fina cantó la solución a todos estos posibles problemas e insistió en que esta vez se las apañaría sola, de manera que Berta no tuvo más remedio que dejarla ir, eso sí, contemplándola desde el balcón del piso hasta que su madre giró en la esquina. Se quedó mohína, dándole a la cabeza y presagiando cientos de desgracias que, desde luego, no ocurrieron: la señora Fina regresó sobre las nueve y se sentó a la mesa sin comentar nada pero con un brillo nuevo en los ojos. Aquella primera vez Berta no se dio cuenta de que su madre estaba algo achispada.

Ya varios años atrás, cuando aún estaba soltera y vivía con sus padres en la casita de las afueras, a pesar de trabajar tantas horas y tener que viajar hora y media de ida y otro tanto de vuelta entre su casa y el trabajo, Berta se había hecho cargo prácticamente sola de la atención de su padre, mayor y enfermo. Y cuando finalmente el hombre lió el petate, al hablar del asunto ella siempre se vanagloriaba de que “mi padre murió en mis brazos”.

Lloró a su progenitor durante varios años, en especial cuando se acercaba el aniversario del deceso, lo cual no le impidió tomar firmemente las riendas de la casa, e incluso del huerto, mientras ahora era la señora Fina la que tenía más y más problemas de movilidad y por lo tanto de vivir normalmente la vida diaria. Y como Berta no podía bajo ningún concepto abandonar su empleo, la madre terminó yendo a vivir con su hija mayor, el marido de ésta y sus tres niños.

Aquella primera salida sola de la señora Fina hasta el bingo fue el principio de su inmediata y amplia vida social en aquel barrio, que procuró mantener oculta de su hija y su yerno. Y Berta era de aquellas personas que si no lo veían ellas mismas, no lo creían. Por eso cuando una noche, ya en la cama, Manu le dijo que el vecino del tercero A, que frecuentaba el bingo con sus esposa casi todos los fines de semana, había visto a la señora Fina en una mesa rodeada de varias amigas y regalándose con una cerveza, Berta meneó la cabeza enérgicamente y dijo:

No puede ser. Se ha confundido de persona. Mi madre no es “de esas”.

Manu, prudente, puso punto en boca y no volvió a tocar el tema.

Pero cuando una tarde de sábado Berta, ocupada en colgar la colada que plancharía al día siguiente, recibió una llamada telefónica de un desconocido, se aclaró todo.

¿Hablo con la señora Berta?

Sí, señor.

¿Verdad que usted es la hija de la señora Fina?

Sí, señor.

Mire, no se alarme pero su madre estaba en nuestro establecimiento con sus amigas, como cada sábado, y de repente comenzó a encontrarse mal. Nosotros llamamos a una ambulancia y se la llevaron al hospital comarcal.

¿Qué dice? ¿Qué establecimiento es ese? ¿Y cómo está mi madre?

El hombre comenzó a responder por el final.

No sé cómo estará ahora, tiene que preguntarlo en el hospital. Yo soy José Martínez, el encargado del bingo. Y le repito: su madre comenzó a encontrarse mal y tuvimos que llamar una ambulancia. Fue una de sus amigas la que me dio su teléfono.

Berta colgó toda sofocada, se olvidó totalmente de la ropa que estaba extendiendo en el sisi y se volvió a su marido, que jugaba una partida de damas con Manolito.

¡Rápido, Manu! Mi madre está en el hospital. Tenemos que ir a verla.

Cuando llegaron se encontraron con cuatro señoras de la edad aproximada de la señora Fina, congregadas en uno de los pasillos de Urgencias, que se llevaban los pañuelos a los ojos.

¡Mi madre! ¿Dónde está mi madre? preguntaba Berta a nadie en especial mientras intentaba adentrarse por los vericuetos del Departamento de Urgencias seguida por Manu. Se le acercó un médico.

¿La señora que trajeron desde el bingo? preguntó. Y como tanto a Berta como a Manu les avergonzaba esta circunstancia, se quedaron mudos hasta que Berta logró articular:

La señora Josefina Carrasco.

El médico miró unos papeles que llevaba en la mano y luego hizo señas a Berta y a Manu para que le acompañaran hasta un rincón del departamento.

Lamento tener que comunicarles esto, pero la señora Carrasco falleció hace alrededor de una hora.

¿Qué? ¿Cómo? preguntó Berta, desencajada.

Esta señora tenía la presión arterial muy alta. Estaba con sus amigas bebiéndose una cerveza y de repente tuvo un mareo y se desmayó. La hipertensión le causó un infarto que se la llevó cuando venía hacia aquí en la ambulancia.

Pero… No puede ser… Si la cuidábamos tanto…

Lo siento muchísimo, señora, señor, pero no hemos podido hacer nada.

Berta se apoyó en la pared y lentamente fue dejándose caer hasta terminar sentada en el suelo. Manu se agachó para hablarle:

Lo siento, Berta. Lo siento mucho. Tenemos que rehacernos porque ahora hay que ocuparse del sepelio.

Lo que Berta y Manu no supieron nunca, y el señor José Martínez se encargó de que siguieran ignorando, es que la señora Fina cantó ¡Bingo! por primera vez desde que comenzara a frecuentar el salón, y que fue la emoción una de las causas del infarto.

Durante algún tiempo Berta estuvo distante, como ausente, casi muda. Tuvo tres días de permiso por muerte de familiar cercano, dos que le correspondían por ley y uno más que le dio la empresa, y durante ese tiempo pasó muchas horas en la habitación de su madre revolviendo sus cosas y, seguramente, evocando recuerdos. Parecía sentirse ajena a todo aquello, como invitada en su propia casa.

Hasta que un día, durante la cena, le dijo a Manu:

Ya no tengo padre ni madre que cuidar. ¿Qué te parece si traemos a tu mamá a vivir con nosotros?

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