TAXI

hemorroides

Después de ocho años de convivencia, ayer por la tarde Alfredo me propuso matrimonio. Yo había esperado aquel momento durante mucho tiempo pero en vista de que no llegaba terminé por resignarme. De todas maneras no íbamos a ser más felices casados que lo que éramos ya y prácticamente desde el mismo día en que nos conocimos.

Llegó a casa con paquetes y desapareció por unos momentos junto con el perro, al cabo de los cuales vinieron hacia mí los dos, el perro luciendo una especie de capa en la que se leía: “¿Quieres casarte con mi papá?” Alfredo iba detrás de él con una de esas sonrisas que no quieren serlo pero no tienen más remedio. Sacó del bolsillo una cajita, la abrió y ahí estaba el anillo que yo había visto días pasados en el escaparate de una joyería, una belleza de aguamarina con un brillante pequeño de cada lado. Me quedé de piedra, mirando a Alfredo y al perro y sin saber bien qué hacer. Entonces él dijo:

¿No vas a contestar a la pregunta de Pucho?

Me abracé a él riendo y llorando y Pucho, al ver la escena, quiso participar y se nos echó encima a los dos y acabamos los tres en el suelo, despatarrados y muertos de risa.

Ya repuestos del choque emocional, Alfredo reservó una mesa en nuestro restaurante preferido y en cuanto oscureció pedimos un taxi para llegar hasta allí.

¿Un taxi? pregunté ¿Le pasa algo al coche?

Taxi de ida y de vuelta dijo él. Quiero beber todo el champán que me de la gana y que la policía no me pare por conducir piripi.

Y por eso ahora estamos en el asiento trasero de un taxi conducido por un hombre joven y evidentemente extranjero. Alfredo y yo volvemos a besarnos y somos conscientes de que el taxista nos observa por el retrovisor.

Gente feliz muy bonito dice, acomodándose en su asiento. Me gusta llevar personas contentas. Pena yo no contento ni feliz.

Por un momento nos quedamos mudos y nos da apuro preguntarle algo pero luego discurrimos que si ha dicho lo que ha dicho es porque quiere hablar.

Lamento que no sea feliz le digo. ¿Puedo preguntar por qué?

Yo moroides nos suelta y vuelve a mirar por el retrovisor para confirmar que le entendemos.

¿Que tienes he… hemorroides? pregunta Alfredo, que tutea a todo el mundo.

El taxista mueve la cabeza de arriba abajo de forma muy entusiasta.

Sí señor responde, alentado porque hemos comprendido su problema. Y no sé qué puede hacer. Duele mucho. Y ocho horas conduciendo sentado aquí no bueno para moroides.

Durante un momento largo nos quedamos callados. Veo con el rabillo que Alfredo hace esfuerzos tremendos para no reír y siento que a mí también me invade la risa, por eso le digo apresuradamente:

Lo primero es ir a un médico. Él es el que le dirá qué hacer.

Y mientras tanto le dice mi futuro marido cómprate un flotador, lo hinchas y te sientas encima cuando tengas que conducir.

¿Compra qué? dice el taxista, un poco asustado.

Un flotador.

El hombre menea la cabeza tristemente.

No sabe. No conoce.

Alfredo me pide un boli y una hoja de papel. Yo rebusco en mi bolso, encuentro el boli y una factura vieja y le doy las dos cosas. En un segundo, Alfredo dibuja un flotador de playa, se lo pasa al taxista y con la boca y la mano imita los movimiento de hinchar algo con aire. Por fin el taxista cae:

¡Ah! exclama, alborozado Sí, lebdi. Yo usa lebdi de hijo mío.

Lebdi dice Alfredo que se ha quedado pensativo. ¿En qué idioma es eso?

Idioma sloveno responde el taxista, más contento que un niño con un globo. Yo sloveno, viene de Slovenia ya tres años con familia mía.

Alfredo me mira extrañado.

No sabía que la gente emigraba de Eslovenia. Tiene fama de ser un país muy tranquilo. Y progresista.

Slovenia no encuentra trabajo continúa el hombre. No puede mantener familia, entonces venimos aquí.

¿Y estás contento aquí? ¿Puedes vivir bien con el taxi?

Asiente vigorosamente con la cabeza.

Mujer también trabaja dice. Dos salarios, buena vida.

Llegamos al restaurante, Alfredo paga y bajamos. Antes de que el taxi vuelva a ponerse en marcha me acerco a la ventanilla y le digo:

No deje de ir al médico. El flotador ayuda pero no cura.

El hombre me obsequia con una enorme sonrisa, asiente y me dice algo en esloveno.

Disculpe pero no le entiendo le digo, un poco cortada.

Bendición en idioma mío. Ustedes buenas personas, que Dios bendiga.

Y se marcha.

Nos pasamos la cena recordando la anécdota y riendo. Jamás en la vida se nos habría ocurrido que íbamos a mantener una conversación con un taxista sobre sus hemorroides y aunque el hombre nos suscitaba lástima, toda la situación parecía una comedia barata.

El taxista que nos lleva de vuelta a casa es totalmente distinto: un hombre mayor, serio y circunspecto, que nos saluda amablemente al subir al coche y nuevamente al bajar de él pero que en todo el viaje no pronuncia una sola palabra.

Y pienso: “Dentro de muchos años, cuando rememore el día en que Alfredo me propuso que nos casáramos, el recuerdo que se impondrá es el del pobre taxista esloveno y sus hemorroides”.

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